lunes, abril 22, 2019

Cada calle, cada casa,


cada plaza, todo tiene su tristeza,


su oscuridad,


hay que mirarla sin dejar que se nos entre,


sin llevarla.

Amo a Quito, mi ciudad,


pero no le perdono

y nunca perdonaré

lo que hace

a sus hijos extraviados,


que se pierden en gradas

viendo siempre para abajo,


al inframundo.

Tan deviles, tan callados,


matices esmaltados


de macetas sin geranios,


rotas,

andan solos, empedrados,


     sol-insolentes


        garuas infectuosas


           sombras y adoquines

que piensan tiritando


que el sol los lastimaría


y que nadie los quiere,

una lámpara de alcohol

                      genera sus días


entre tejados de caña y tol


                        una copa sucia


de azucena y repujado


                   suscita su muerte.

Te amo Quito, en el ojo de cada perro atropellado,


en el cilencio de cada niño destrozado,


          risa de tus maldicientes


          llanto de la injusta tranquilidad maldita de tú letargo.

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